martes 28 de abril de 2009

Indiferencia

El amor no es lo contrario del odio. Ambas emociones surgen del mismo anhelo: la ambición de compartir. En el caso del amor hay la esperanza de la reciprocidad. En el caso del odio la esperanza se encuentra perdida en la percepción del rechazo. Lo contrario del amor y el odio es la indiferencia. La indiferencia es la separación forzada y lograda de lo que nos agrede. La indiferencia es un arma poderosa y destructiva. Los seres humanos crecemos cuando tendemos puentes que nos unen. Cuando los puentes se levantan para resguardar fronteras psicológicas corremos el riesgo de alienarnos. Alienación temporal es deseable en casos en que tenemos que protegernos psicológicamente de ataques extremos. En esos casos alzar los puentes como en los castillos medievales, nos permite sobrevivir temporalmente el ataque. Momentos de introspección nos permiten anclarnos en idiosincrasias creativas y nobles. Alienación permanente nos vuelve inhumanos. Líderes y criminales asaltan a sus comunidades y congéneres motivados por olas continuas de alienación. Solos y sin nexos emocionales duraderos, muchos sobrevivimos a través del oportunismo y el abuso. Pero la alienación termina matando el alma de los pueblos. Pueblos sin almas terminan canibalizando sus valores más imperecederos y acortan sus esperanzas de vida física, económica y espiritual.

Todo esto parece una suerte de inundación de palabras vagabundas, pero no lo es. En países donde reina el oportunismo y el abuso, los seres humanos buscan la guarida de la indiferencia para sobrevivir. En países en donde existe el respeto y la ley, los seres humanos pueden abrirse a depender más duraderamente de la superación individual y colectiva. Pueblos con alma crean redes que permiten la superación individual y colectiva porque cuentan con redes protectoras formadas por cualidades que transcienden las crueldades del momento.

Es difícil entender como en la Alemania de Hitler, un par de guardias armados podían amedrentar a cientos o miles de judíos desarmados. Las victimas de la represión Nazi habían perdido la capacidad de responder emocionalmente al abuso. Lo que ocurrió en la Alemania de los años 30 y 40 ha ocurrido también en muchos otros países, y está ocurriendo crecientemente en Latinoamérica, ante el aumento de gobiernos de tendencias dictatoriales que abusan del poder económico, policial y político. El costo para esas naciones y el continente es muy alto. Habrá generaciones perdidas, habiendo vivido la única vida que tienen en medio de la indiferencia como instrumento de supervivencia.

¿Pero cómo se sobrepone uno a la indiferencia cuando ella se ha vuelto el arma de supervivencia más efectiva? La respuesta no está en espontaneidades milagrosas. La única forma de superar estados de indiferencia es con “deferencia.” Deferencia es el proceso por el cual apreciamos los derechos y emprendemos los deberes de respetar y desarrollar las cualidades propias. Diferenciamos sin emociones aspavientosas el bien, del mal. Adoptamos formas correctas de proceder y rechazamos formas incorrectas. No nos hacemos lo locos cuando nos conviene y aceptamos acciones morales cuando no nos conviene o no nos provoca levantarnos en contra de exabruptos. Deferencia ocurre cuando apoyamos a aquellos que hacen un esfuerzo idóneo por rectificar errores y respetamos los derechos hasta de a quienes no admiramos personalmente.

Deferencia e indiferencia tienen algo en común. Ambos estados sustraen emocionalidad como instrumento de supervivencia. Pero en los estados “deferentes” la emocionalidad se sustrae para respetar los derechos del otro. En los estados “indiferentes” la emocionalidad se sustrae para permitir el abuso de los derechos del otro. La deferencia permite crecer espiritualmente. La indiferencia lleva a la muerte del espíritu y a profundos descalabros y violencias sociales.

martes 14 de abril de 2009

Resurrección de Libia o Diversiones de un Déspota

Uno de los líderes más interesantes y camaleónicos de la política contemporánea es Muammar al-Gaddafi. Rector revolucionario de Libia por los últimos 40 años. Yo no soy ni pienso ser experta en Gaddafi. Prefiero desarrollar otras habilidades. A Gaddafi lo observo de vez en cuando, porque tiene una gran capacidad de reinventarse y sorprendernos. Nos da esperanzas a aquellos que nos encontramos improbablemente sometidos por un tiempo u otro a los abusos de un tirano.

Gaddafi lideró la primera de las altivas arremetidas de la OPEP en los años ‘70s, dio protección a terroristas en el transcurso de los años, entrenó revolucionarios, amenazó al mundo todo lo que pudo desde su pobre pero petro-poderoso país. Gaddafi era una amenaza para la paz mundial, hasta que un día aviones foráneos bombardearon sus bases militares y entre las victimas estaba una de sus hijas y muchos de sus colegas. El se salvó en el bombardeo y yo me imaginé que de esa experiencia resurgiría lleno aún más de odios y resentimientos. No fue así. Gaddafi desapareció de la mira periodística por mucho tiempo. De vez en cuando se veían fotos que lo hacían ver golpeado (yo también lo hubiera estado, pero los líderes dictatoriales rebotan de los golpes como pelotas mágicas). Sin embargo seguía en el poder. Hace un par de años asumió algunas medidas un poco llevadas por imaginaciones y ensueños de grandeza económica, pero parecían sensatas. Libia se volvería un líder en educación tecnológica y aumentaría su productividad industrial. Sonaba bien aunque poco realista dada su historia. Pero recientemente Gaddafi ha anunciado otra sorpresa. Ha despedido a todos los miembros de su ejecutivo (no creo que haya poder legislativo o judicial que se diga en Libia) por corruptos. Ha comunicado además, que todos los ingresos petroleros del país se van a repartir directamente a sus ciudadanos, que son los dueños reales de los recursos petroleros, cosa que es verdad. Es una medida extrema y extremadamente sensata, asumiendo que es legítima en sus objetivos y no otra parodia de poder.

En un momento en que todos los políticos del mundo están compitiendo por más intervención en la economía, justificada por la ruptura de la banca mundial y la amenaza de una depresión económica global, Gaddafi anuncia que el se va a ir en la dirección opuesta. Va a entregar el voto económico por completo a los libios. Ver para creer pero que valga la idea.

A lo mejor no hace nada y todo esto es sólo una manera de divertir la atención del país, combatir enemigos políticos y experimentar con otras formas de comunicación con su pueblo. Quien sabe que problemas tiene Gaddafi y Libia. En todo caso el anuncio da algo de esperanza de que salgan buenas ideas desde el lodazal de sistemas corruptos e incompetentes. Da esperanzas de que a la humanidad y a algunos líderes que parecen estancados desde tantos puntos de vista, a veces, cuando algo toca fondo, se les ocurren ideas redentoras.

La historia da vueltas inesperadas, pero por eso no hay que creer en milagros. El único milagro es el de estar vivo y tener la oportunidad de contribuir al crecimiento económico, espiritual y emocional de la humanidad. Si todos contribuimos con trabajo y moralidad, de día a día, con valentía y sensatez; si frenamos la codicia y la rapacidad propia y señalamos un camino mejor a los amigos, poco a poco ganamos en democracia económica y política. Esa es la mejor y más duradera forma de resistencia activa. Quien sabe en que anda y por donde está el destino de Gaddafi, pero si podemos saber como responder a los asaltos diarios y ordinarios contra la dignidad y la responsabilidad propia: con seriedad, dedicación y determinados al triunfo de la moralidad comunitaria. Si a otros líderes se les ocurre, como a Gaddafi, repartir el botín público, sin la ayuda de intermediarios vagabundos, estaremos preparados a hacer el mejor uso de esos recursos.