En un mes tengo que dar un homenaje a Philip Glass. Philip Glass es un compositor contemporáneo famoso por muchas razones. Gran pianista entrenado en Julliard y por la extraordinaria diosa del la teclas Nadia Boulanger; compositor extraordinario e inolvidable quien pasará a la posteridad como un Mozart o un Beethoven cualquiera; barredor de basura concesionaria en las composiciones cinemáticas de largometrajes como Kundun, El Ilusionista y Las Horas y artista creador de operas como Einstein on the Beach y Monsters of Grace.
Porque quiero elogiar su obra en una forma que haga justicia a su creación, talento y humanidad, me he metido como un Voyeur gozón en el mundo de su música y de su vida. A Philip Glass no le gusta que las experiencias como la vida comiencen y terminen. El quiere vivir y crear infinitamente. Tal como en los cantos gregorianos, su percepción de la vida es una forma de liturgia mundana. Lo mundano y lo divino se conjugan en la repetición alienante, alucinante o precoz de lo que permanece y adquiere el sentido que le damos. Vivir la vida litúrgicamente es la forma más elegante, desprendida y engranada de vivirla.
Como un árbol que se extiende del cielo a la tierra poseído de luz y oxígeno, y preñado de semillas infinitas, su obra como su vida, está llena de luz, de sombra, de flatulencias, de profundas congojas, descubrimientos y sorpresas. Tempestades y calmas son lo mismo si nos prestamos a observar su belleza y su crueldad. No hay lecciones en la vida o en su obra, pero hay experiencia compartida con los que tocamos y nos tocan. Hay extraordinaria disciplina, noble trabajo como forma de conexión fugaz y duradera con el tiempo, el espacio, y el amor que transciende tiempo y espacio. Que placer compartir la vida con su sonido, su honestidad y su vitalidad, su sentido de humor y su energía. Me siento cargada de esperanza, hasta por Venezuela, que me acongoja cuando no habito el mundo de Philip Glass.
La liturgia de la vida en Venezuela no parece transcurrir como un canto gregoriano. Transcurre mas como una mezcla de Rap, Hip-hop, bolero y rumba desafinada. Es mas, la vida en Venezuela no tiene nada de liturgia. Nada es predecible excepto el caos. Y así los días caóticos nos sorprenden con milagros. La liturgia venezolana no es barroca, o renacentista, pero tiene momentos milagrosos de orden, virtud y excelencia que aparecen inesperadamente y nos dan esperanza de un mundo posible. El país de los milagros se desarrolla de sobresalto en sobresalto, de bancarrota en bancarrota. Se construyen molinos, represas y fábricas, que se transforman con el paso del tiempo en latón. Se reconstruyen autopistas y puentes casi siglos después que se ha perdido la esperanza. Hemos tenido suerte de no ser un desierto africano, si no en vez una diversidad biológica y ecológica viva en contrastes. Si hubiéramos sido desierto africano, hace ya mucho nos hubiera quemado el sol y llevado el viento nuestras cenizas arenosas. ¡Que suerte que tenemos! La de los ganadores de lotería. Ricos de un día para otro y pobres para el resto de la vida.
La liturgia de nuestra vida ciertamente no es gregoriana, y Philip Glass hubiera perdido su ritmo monótono y aventurero en el tráfico compacto e imperecedero de Caracas.
martes 12 de mayo de 2009
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