El amor no es lo contrario del odio. Ambas emociones surgen del mismo anhelo: la ambición de compartir. En el caso del amor hay la esperanza de la reciprocidad. En el caso del odio la esperanza se encuentra perdida en la percepción del rechazo. Lo contrario del amor y el odio es la indiferencia. La indiferencia es la separación forzada y lograda de lo que nos agrede. La indiferencia es un arma poderosa y destructiva. Los seres humanos crecemos cuando tendemos puentes que nos unen. Cuando los puentes se levantan para resguardar fronteras psicológicas corremos el riesgo de alienarnos. Alienación temporal es deseable en casos en que tenemos que protegernos psicológicamente de ataques extremos. En esos casos alzar los puentes como en los castillos medievales, nos permite sobrevivir temporalmente el ataque. Momentos de introspección nos permiten anclarnos en idiosincrasias creativas y nobles. Alienación permanente nos vuelve inhumanos. Líderes y criminales asaltan a sus comunidades y congéneres motivados por olas continuas de alienación. Solos y sin nexos emocionales duraderos, muchos sobrevivimos a través del oportunismo y el abuso. Pero la alienación termina matando el alma de los pueblos. Pueblos sin almas terminan canibalizando sus valores más imperecederos y acortan sus esperanzas de vida física, económica y espiritual.
Todo esto parece una suerte de inundación de palabras vagabundas, pero no lo es. En países donde reina el oportunismo y el abuso, los seres humanos buscan la guarida de la indiferencia para sobrevivir. En países en donde existe el respeto y la ley, los seres humanos pueden abrirse a depender más duraderamente de la superación individual y colectiva. Pueblos con alma crean redes que permiten la superación individual y colectiva porque cuentan con redes protectoras formadas por cualidades que transcienden las crueldades del momento.
Es difícil entender como en la Alemania de Hitler, un par de guardias armados podían amedrentar a cientos o miles de judíos desarmados. Las victimas de la represión Nazi habían perdido la capacidad de responder emocionalmente al abuso. Lo que ocurrió en la Alemania de los años 30 y 40 ha ocurrido también en muchos otros países, y está ocurriendo crecientemente en Latinoamérica, ante el aumento de gobiernos de tendencias dictatoriales que abusan del poder económico, policial y político. El costo para esas naciones y el continente es muy alto. Habrá generaciones perdidas, habiendo vivido la única vida que tienen en medio de la indiferencia como instrumento de supervivencia.
¿Pero cómo se sobrepone uno a la indiferencia cuando ella se ha vuelto el arma de supervivencia más efectiva? La respuesta no está en espontaneidades milagrosas. La única forma de superar estados de indiferencia es con “deferencia.” Deferencia es el proceso por el cual apreciamos los derechos y emprendemos los deberes de respetar y desarrollar las cualidades propias. Diferenciamos sin emociones aspavientosas el bien, del mal. Adoptamos formas correctas de proceder y rechazamos formas incorrectas. No nos hacemos lo locos cuando nos conviene y aceptamos acciones morales cuando no nos conviene o no nos provoca levantarnos en contra de exabruptos. Deferencia ocurre cuando apoyamos a aquellos que hacen un esfuerzo idóneo por rectificar errores y respetamos los derechos hasta de a quienes no admiramos personalmente.
Deferencia e indiferencia tienen algo en común. Ambos estados sustraen emocionalidad como instrumento de supervivencia. Pero en los estados “deferentes” la emocionalidad se sustrae para respetar los derechos del otro. En los estados “indiferentes” la emocionalidad se sustrae para permitir el abuso de los derechos del otro. La deferencia permite crecer espiritualmente. La indiferencia lleva a la muerte del espíritu y a profundos descalabros y violencias sociales.
martes 28 de abril de 2009
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