En los últimos 20 años la mayor parte del mundo ha disfrutado de pleno empleo. Tanto hombres como mujeres; y en muchos países hasta los niños tenían trabajo de sobra. Si el sueldo no era suficiente para cubrir los gastos de un consumo desmedido, se tomaban dos trabajos. Si la paga no era buena, uno podía cambiar de país legal o ilegalmente, en busca de mejores oportunidades económicas.
En los Estados Unidos entraron más de 20 millones de personas en busca de mejores condiciones de vida en los últimos 20 años. Europa también vio crecer sus poblaciones, diezmadas por envejecimiento y bajas tazas de natalidad. Incluso en Latinoamérica vimos movimientos laborales de un país a otro, sin precedentes históricos. Por razones más políticas que económicas, pero mejoras en las perspectivas de ingresos ciertamente motivó a los inmigrantes, Venezuela importó un 20% de su población en los últimos 10 años de países como Cuba, Colombia, China y otros. Todo eso ha llegado a un fin por varios años. Muchos inmigrantes están de regreso en sus países natales. Es preferible estar desempleado en su propia tierra, rodeado de seres queridos que nos pueden tender una mano, que en donde no tenemos muchos amigos o familia.
El trabajo es algo noble y extraño. Trabajamos más por deber que por deseo. Pero si no tuviéramos la necesidad también lo haríamos. Odiamos los lunes y nos encantan los viernes (a menos que vivamos en países islámicos en donde la semana de trabajo empieza los domingos). Todavía yo recuerdo mí primer día de trabajo. Estaba tan orgullosa de haber encontrado un buen empleo como economista. Llegué al trabajo un lunes, justo después del terremoto del ’67 en Caracas. No estaba segura si habría trabajo, aunque el domingo había pasado a ver si el edificio de la gloriosa compañía Luz Eléctrica de Venezuela estaba todavía en pie. Allí estaba sano y salvo en la Avenida Urdaneta. Y allí llegue el día lunes. Me dieron un escritorio flamante de metal gris y me dieron inmediatamente una pila de cuentas en que trabajar y una agenda de entrenamiento. La gente era toda amable y sensata. Yo estaba orgullosa y a gusto. Y a pesar de todo eso me encontré viendo el reloj con horror. Eran las 10 de la mañana y todavía me faltaban 8 horas para que terminara el día laboral (de 8 a 12 y de 2 a 6). Me sentí agobiada y sorprendida por la crueldad que implicaba pasar los próximos 50 y más años de mi vida en una oficina. Más nunca podría tener la libertad de montar bicicleta por las calles del barrio, ni de ver y hablar con mis amigos en los recesos de la Universidad. No había tiempo ya de soñar con destinos de trapecista o de cantante famosa. O de ser escritora, poeta o actriz. Mi destino era ahora sanar cuentas como economista, aún cuando no entendía realmente cual era el propósito de tanta cuenta. Estaba empleada y así he tenido la suerte de estar empleada por más de 40 años. Estar empleado le da valor a los fines de semana y a las vacaciones. Nos domestica. Nos conecta a los otros seres humanos. A los que nos gustan y a los que no nos gustan. Importantemente, estar empleados nos da un sueldo y una medida de lo que contribuimos a la producción del país, y más aún nos permite mantener una familia y soñar con vidas mejores. El empleo nos hace sentir útiles. El desempleo es corrosivo. Nos hace sentir inútiles, desechables. Perdemos las conexiones normales que orientan nuestras decisiones. No se puede decidir en el vacío, se puede sólo decidir entre contrastes y preferencias, y hay que tener restricciones y la capacidad de superarlas. El empleo nos da las restricciones y la capacidad de superarlas.
Trabajo y familia son los dos motores que nos dan identidad e impulso en nuestras vidas. El desempleo es como un divorcio, una vuelta a la vez destructiva y liberadora en nuestras vidas. Pero el desempleo es peor que un divorcio. Una vez superada la pérdida del compañero de vida, se puede emprender una vida nueva en búsqueda de nuevas amistades y parejas. El desempleo nos deja sin ingresos, inseguros y aumenta la probabilidad de destruir a la familia también. Este es un clavo que no saca otro clavo, sino que nos crucifica. A pesar de lo doloroso y destructivo de un proceso de desempleo, siempre puede permitir un reencuentro y redescubrimiento de nuestras verdaderas metas. Podemos hacer mucho y reinventarnos muchas veces en nuestras vidas. Para reinventarnos requerimos de emprender con valor y tenacidad un periodo de re-educación, rehabilitación y rebalance de nuestras facultades. Lo importante es mantenerse activo y concentrado. Empleado o desempleado la tenacidad, educación y facultad de servir al prójimo nos hace ser mejores. Una de las expresiones más útiles que he escuchado es que si el vaso está medio vacío o medio lleno, depende si estamos llenándolo o no lo estamos tomando. Mientras nos mantengamos “llenando el vaso”, hay esperanza real de reconectarnos activa y efectivamente con el mundo. Si nada mas tomamos lo que nos da el vaso, tarde o temprano lo encontraremos vacío. Servicios comunitarios son siempre oportunidades de empleo si no se nos ocurre o si nos se nos da otro trabajo. John Stuart Mills, el gran economista, dijo: “Sólo son felices los que tienen su mente fijada en un objeto aparte de la propia felicidad; en la felicidad de otros, en el mejoramiento de la humanidad, hasta en un arte o hobby, perseguido no como un medio, sino por si mismo como un fin ideal. Volcándose hacia otra meta se encuentra la felicidad incidentalmente.” Servir a otros es la forma más satisfactoria de empleo propio, y hay poco riesgo de quedarnos sin trabajo en ese menester.
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