lunes 17 de noviembre de 2008

Crisis

Sorpresas y traumas ocurren entre un 5 y un 20% del tiempo. Deben ser tan anticipados como las gripas y las tormentas. Vienen intempestuosa e inesperadamente, como los fenómenos telúricos. Sorpresas económicas son manejables pero no evitables. Lavarse las manos frecuentemente, reduce contagio bacterial, pero también reduce nuestras defensas naturales al contagio bacterial. No todo está perdido en sociedades aparentemente destruidas por la codicia desmedida de sus líderes: públicos o privados. Poder o dinero tienen la capacidad de descontrolar los impulsos humanos, y llevarlos a situaciones inestables y transformativas. Las crisis definen también la capacidad de una sociedad de organizarse para atacar los problemas del momento y mejorar las perspectivas del futuro.

La crisis mundial del momento no es una crisis de solvencia, excepto para algunos bancos cuya capitalización no alcanza para cubrir sus perdidas. La crisis que el mundo enfrenta no es una crisis de liquidez, aunque así se ha diagnosticado. Hay gran liquidez en el mundo entero. Las naciones exportadoras, las grandes compañías, los gobiernos, los fondos de pensiones, las instituciones multilaterales, todos – menos los consumidores norteamericanos que compraron casas más costosas de lo que podían costear – tienen excedentes de liquidez.

La crisis es simplemente una crisis de confianza. Los bancos sospechan de sus balances y de los de los demás, y no se prestan dinero los unos a los otros. El “multiplicador monetario”, esa tabla mágica que hace que las economías funcionen bien, con vasos comunicadores que como arterias humanas bombean el ritmo del corazón económico, se ha obstruido en un par de arterias grandes.

Ese es un problema pasajero. En uno o dos años recordaremos este periodo como un lección compleja que no entendemos completamente, pero que nos ha dejado más despiertos. El riesgo de una crisis, no es la crisis en si, es la reacción ante la crisis. Las leyes, regulaciones y dependencias malsanas que pueden generarse en el proceso de resolver nuestras incertidumbres.

Pero si la sociedad se organiza, convencida de la importancia de trabajar como una sociedad honesta, trabajadora y balanceada, la economía se recupera y seguimos adelante. Pero hay crisis más duraderas y destructivas, que acaban con las esperanzas y vidas de generaciones. Esas crisis vienen en sociedades donde no hay pluralidad y balance de poderes, en donde impera la corrupción de pocos – o muchos – y en donde el mérito individual y colectivo se castiga con burlas y desincentivos al mérito. Esas crisis no se superan en uno o dos años. La crisis financiera es pasajera.

lunes 3 de noviembre de 2008

Ventanas sin Rejas

Hace un par de días tuve el placer de conocer a un actor venezolano, talentoso, culto, inteligente e integro. Era en ocasión de un festival de cine en Los Angeles, en donde la película venezolana, El Pasajero, en la que el compartía una protagonización galardonada. Hablando a larga distancia con su esposa, le comentaba con sorpresa, que estaba en un apartamento en un segundo piso, observando la linda vista de la ciudad de Los Angeles. Al atardecer la vista le recordaba a Caracas, con algunas palmeras y cerros en el horizonte, y un perfil de casas de arquitectura española, intercaladas con rascacielos.

Me sorprendió cuando le dijo maravillado, que no había rejas en la ventana. Los venezolanos han olvidado que en la mayor parte del mundo, se vive sin rejas en las ventanas. Es sólo en unos pocos países en donde impera el crimen y la anarquía, en donde los ciudadanos tienen que escoger encarcelarse en sus casas, apartamentos y barrios para protegerse de una inseguridad que abisma y agobia a los que viven en ella. La guetificación del país en el que nací me acongoja más allá de lo que hubiera podido predecir, cuando muchos años atrás me fui en búsqueda de una vida más intelectual y pacífica.

De hecho hay ya toda una generación de venezolanos, que se encarcelan todas las noches para evitar que les roben o les maten. Es asombrosa la capacidad de los seres humanos de adaptarse y tolerar ese grado de inseguridad y falta de derechos básicos. Si estuviéramos presos involuntariamente, uno podría agitar a la ciudadanía para que destruyeran esas rejas que nos separan de los demás y nos crean una desconfianza infinita en nuestro entorno. ¿Pero qué hace uno cuando una ciudadanía se encierra tras rejas voluntariamente? ¿Qué hace uno cuando los asesinos y ladrones andan libres en las calles, y la gente trabajadora y honesta está encarcelada, detrás de sus rejas?

¿Hasta cuándo aguantaran mis compatriotas esa suerte tan negra que les ha restado su libertades más básicas? Ventanas sin rejas es el destino y la realidad de una gran parte de los habitantes de este mundo, pero no la de los venezolanos.

Como puede ser que el gobierno, encargado de establecer paz y respeto entre los ciudadanos, haga nada por garantizar la paz. Más aún, los líderes hacen espaviento de los excesos del poder abusando aún más de las libertades más básicas del ser humano y forzando a los pobres venezolanos a vivir presos en sus viviendas.