Es realmente sorprendente la variedad de carros que existen. Sorprendente y esperanzador. Muchos hemos pasado por la incomparable experiencia de tener que comprar un carro nuevo. Después de reconciliar necesidades de transporte con las pasiones mecánicas que nos sobrecogen de vez en cuando, después de eliminar un resplandeciente y conflictivo descapotable, y otro modelo embriagador pero intolerable, llenos de virtud, inteligencia y recato, algunos seleccionamos aquel que sin duda alguna es el mejor y más virtuoso de todos los modelos. Acelera de 0 a 100 kilómetros en
6 segundos, no se recalienta nunca, nos protege en caso de choque como sí fuéramos cristal de Baccarat, huele como bulto nuevo y fino, y el precio – perfecto. Después de hacer la cuidadosa y bien informada selección, quedamos convencidos que no hay ningún otro como él en el mundo que se le compare. No entendemos como es posible que alguien pueda comprar otro carro. Pero es obvio que al salir a la calle el mundo nos confunde con una cantidad de carros malos e incomprensibles, que le gustaron a alguien y le quedan como traje de primera comunión. Entre los más conspicuos de esos aparatos móviles está el Hummer. Vehículo caro, ineficiente, recanlentoso e inservible hasta en las guerras para las que fue inventado. Sobrepuestos a los confines humanos, nos debe reconfortar saber que el mal gusto es infinito y que las malas decisiones de los demás nos permiten triunfar contra contendores pantalleros y poderosos.
Es más, por el mal gusto y arbitrariedad de los demás, terminamos todos encontrando parejas, amigos, hatajos y negocios que validan nuestra existencia y sensatez. Todo esto se me ha ocurrido últimamente, cuando un querido colega publicó un libro arrogante, lleno de palabras incomprensibles, con un título rimbombante y prometedor pero páginas desiertas en sabiduría; lleno de nombres famosos y falsos pasajes que no llegan ni a espejismos. ¡Este libro es un Hummer! Me dije con sorpresa. Se venderá un poco por aquí, un poco por allá, porque el título atribuye al lector conocimientos de lugares recónditos. Y la cantidad de Hummers con los que nos encontramos, alcanza a miles. A Dios gracias. Si no hubiera tantos Hummers, tendríamos que competir con gente más sabia, trabajadora y recatada. A lo mejor hasta nos quedamos sin trabajo. Así todo, creo que el mundo sería mejor si los Hummers y aquellas personas que son sus almas gemelas, vivieran largas e intensas vidas, pero fuera de nuestro círculo de influencia, y aún mejor en donde no estropeen el medio ambiente natural e intelectual.
miércoles 16 de julio de 2008
Arbitrariedad Coherente
La ciencia económica se ha desarrollado a pasos de Gulliver en los últimos 50 años. Ha pasado de los sueños sociofilosóficos de Rousseau y Marx, quienes pudieran haber sido analizados y mejorados por Freud, por los mecanismos intervencionistas de Keynes. Después que Keynes descubre como es que los gobiernos pueden quitarles a unos para darles a otros, con impuestos, inflaciones, contracciones, nacionalizaciones y privatizaciones, nos encontramos con los “monetaristas” como Milton Friedman. Los Monetaristas, quienes sospechan con razón, de la capacidad de cualquier grupo poderoso, de hacer nada bien, prueban que los gobiernos deben de limitarse a hacer el bien. Hacer el bien es hacer lo menos posible y dejar que la competencia se agarre a golpes de vez en cuando, y que gane el más fuerte, hasta que gane otro.
Hoy día la ciencia de la Economía ha descubierto que los consumidores actúan impulsivamente, y que sus impulsos obedecen a una serie de reglas que están implantadas como tatuaje de marinero en los corredores recónditos del cerebro. Somos “impulsivos” más que “racionales” y la racionalidad nada mas nos llega a golpe y porrazo. A algunos no les llega nunca.
Uno de los grandes descubrimientos de la Economía Conductista (así se llama en Español la nueva revolución económica), es que el impulso de agarrar algo gratis, una ñapa, nos lleva a pagar muy caro por lo que aceptamos gratis. Se imaginan, que lo que los Economistas acaban de descubrir, lo descubrieron los Políticos hace tiempo. “A mi que me vendan promesas, no realidades,” es la consigna que más abusan los políticos. No hay país del mundo en que un político no ofrezca algo gratis, porque saben que los humanos no podemos resistir “la ñapa.” La tragedia es que las ñapas salen mucho más caras que el caviar. Y mueren frecuentemente al instante en que satisfacemos el impulso.
Cuando algo falta en una economía, es porque alguien lo quiere regalado, y alguien cree que lo puede regalar. Lo único que uno puede regalar sin problemas ni embargos es excelencia en lo que hacemos. Regalar excelencia termina creando milagros duraderos en sociedades y relaciones humanas. Cualquier cosa que te ofrezcan gratis a cambio de un voto tiene un costo para todos que va más lejos de lo predecible. Cualquier cosa gratis viene con una trampa costosa y asesina y casi todos creemos en ella porque sufrimos de “arbitrariedad coherente,” lo que nos lleva s siempre aceptar situaciones y héroes arbitrarios porque el héroe siempre nos tira una ñapa…
Hoy día la ciencia de la Economía ha descubierto que los consumidores actúan impulsivamente, y que sus impulsos obedecen a una serie de reglas que están implantadas como tatuaje de marinero en los corredores recónditos del cerebro. Somos “impulsivos” más que “racionales” y la racionalidad nada mas nos llega a golpe y porrazo. A algunos no les llega nunca.
Uno de los grandes descubrimientos de la Economía Conductista (así se llama en Español la nueva revolución económica), es que el impulso de agarrar algo gratis, una ñapa, nos lleva a pagar muy caro por lo que aceptamos gratis. Se imaginan, que lo que los Economistas acaban de descubrir, lo descubrieron los Políticos hace tiempo. “A mi que me vendan promesas, no realidades,” es la consigna que más abusan los políticos. No hay país del mundo en que un político no ofrezca algo gratis, porque saben que los humanos no podemos resistir “la ñapa.” La tragedia es que las ñapas salen mucho más caras que el caviar. Y mueren frecuentemente al instante en que satisfacemos el impulso.
Cuando algo falta en una economía, es porque alguien lo quiere regalado, y alguien cree que lo puede regalar. Lo único que uno puede regalar sin problemas ni embargos es excelencia en lo que hacemos. Regalar excelencia termina creando milagros duraderos en sociedades y relaciones humanas. Cualquier cosa que te ofrezcan gratis a cambio de un voto tiene un costo para todos que va más lejos de lo predecible. Cualquier cosa gratis viene con una trampa costosa y asesina y casi todos creemos en ella porque sufrimos de “arbitrariedad coherente,” lo que nos lleva s siempre aceptar situaciones y héroes arbitrarios porque el héroe siempre nos tira una ñapa…
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