No hay mayor arte que el de decir mentiras. Las grandes mentiras se vuelven inspiradores mitos, que nos motivan a grandes logros. Los Dioses griegos y romanos, han preñado nuestra imaginación por miles de años y nos han hecho emprender grandes aventuras y alcanzar sueños que nunca se nos hubieran ocurrido de no ser por los inventos de tanto cuento imaginario. Los mitos nos dan alas a la imaginación y nos hacen trascender los obstáculos con elegancia y determinación, porque todo es posible en mapas mitológicos. Pero se requiere ser un gran artista para convertir una mentira en un gran mito, y en la diferencia entre el embuste y el mito esta el contraste entre mediocridad y grandeza en las personas y en los pueblos. Tanto el embustero como el mitómano tienen que estar dispuesto a manejar la escasez con criterio de abundancia que es más difícil que lo contrario. Como puntualizaba mi sabia amiga Susi, el mito es noble, la mentira es innoble. El mitómano se convence de la mentira aun más que el que lo escucha, el mentiroso sabe que lo que dice es mentira y quiere engañar a los demás para ventaja propia, una conducta más triste que la de las garrapatas. Como todos en Venezuela, el primer embuste que yo escuche en mi vida fue que los venezolanos éramos ricos. Yo me lo creía por completo y no entendía porque a mi no me llevaban a la playa y no teníamos piscina en la casa, cuando tantos otros tenían agua alrededor de ellos. Un verano mis abuelos alquilaron una modesta casa en Puerto Viejo, que tenía un maravilloso tanque de agua de concreto en el lavandero. Ese tanque de agua se volvió una piscina olímpica para mí y recuerdo ese verano con mi abuela Mamanina como uno de los mejores de mí vida. Ya no dudé que los Venezolanos éramos ricos. ¡Un mito tan extraordinario que nos hace pensar que somos todopoderosos cuando no podemos producir patinetas para exportación! El segundo embuste lo oí más tarde. Oí que éramos una democracia. Democracia era un sistema en el cual todos podíamos aspirar a lo posible con trabajo y dedicación, y todos disfrutábamos de libertades y derechos individuales y colectivos que no se tienen en sistemas totalitarios.
Mientras tanto, con el paso del tiempo en vez de producir casi un barril de petróleo al día por cada venezolano, produciríamos ¾ de barril diario por cada 10 venezolanos y hemos añadido como dos millones de hermanos cubanos, colombianos, chinos, árabes, y marcianos a nuestra lista de venezolanos en los últimos seis años. Eso significa entre dos a seis dólares por día por cada compatriota. Pues con eso no alcanza ni para ir a Puerto Viejo de vacaciones. Pero seguimos oyendo que somos ricos y como nos da pena que nos digan ricos, vamos por allí regalando billones para que los vecinos no nos tiren piedras ni nos roben los corotos. Lo mismo le pasó a los rusos nobles emigrados a Francia que se sentían ricos hasta cuando no les quedaban más que unos trastos por vender para no morirse de hambre. En Venezuela el único que es rico es el gobierno y un grupo de bandoleros que se le arriman el jefe máximo, porque todo lo que entra por el concepto de venta petrolera le entra a una sola persona, al Presidente de turno, que lo gasta como le da la gana. Ni los Jeques de Arabia Saudita ni la Reina de Inglaterra tienen tanto poder.
Venezuela ni es rica ni es una democracia participativa, pero las dos mentiras transformadas en mito nos mantienen inspirados. Países ricos son los que producen bienes y servicios a una taza más alta que la del crecimiento poblacional. La producción venezolana por habitante es lamentable y va en caída. Democracias son esos países en donde el gobierno no abusa de los ciudadanos y los ciudadanos tienen una participación activa en todas las decisiones del gobierno. El abuso del gobierno en Venezuela viene en grande y en chico. El abuso chico son las colas para obtener pollos o leche y las bochornosas propinas que hay que dar para sacar un título de manejar. El abuso grande es que unos gobernantes soberbios tengan el poder de controlar la riqueza petrolera para gastarla indebidamente. No le dan cuenta a nadie de lo que hacen, y permiten todo tipo de corrupción alrededor del sistema. El petróleo, los pocos litros que producimos ahora por cada habitante, es de cada uno de esos habitantes y así debe de ser distribuido, como en Alaska y Noruega. Si a cada habitante se le dan todos los días el fruto de su suerte de haber nacido en este suelo, cada habitante puede votar con su dinero como lo quiera gastar. Sería milagroso y conmovedor ver la cantidad de boutiques, gimnasios, areperas, colegios, fábricas de ropa, industrias de poncheras, productos electrónicos, sofisticados y sencillos objetos de consumo y producción, cajas y baldaquines que aparecerían, sí los venezolanos pudieran votar libre y diariamente con su dinero propio sin tener que andar lamiendo chupeta ajena y jalando mecate a sus gobernantes.
Parece mentira, pero los venezolanos estamos tan confundidos con nuestros propios mitos, que hasta al más demócrata le parece una idea descabellada y tonta eso de entregar la venta del petróleo a los venezolanos sin intermediarios demagogos. Los gobiernos son buenos cuando los gobernantes se tienen que ganar el sustento haciendo una buena gestión, aunque solo llegue a mediocre. Los gobiernos son malos cuando el sustento le viene como regalo de niño rico y se ganan el apoyo electoral regalando limosnas.
El arte de mentir transformado en mito noble inspira al sueño y a la superación pero al largo plazo los mitos son generalmente abusados por líderes mentirosos. El arte de la verdad es tan substantivo y supremo que inspira a la verdadera grandeza. La verdad venezolana es que el petróleo no alcanza para tanto como antes, que si no lo distribuimos efectiva y equitativamente no vamos a dejar que los venezolanos aprendan a ser libres y responsables de su riqueza pequeña o grande. El arte de la verdad puede incluso romper el mármol que cubre la verdadera belleza del país y permitir, como decía Leonardo que la obra de arte del nuestro destino genuino y noble salga ante la vista de todos. El arte de la verdad y la verdadera democracia nos haría valientes, productivos y ricos. La verdad y la excelencia son el más valioso de los mitos al que podemos aspirar. Proteger fronteras contra narcotraficantes y terroristas es una labor noble y constitucional. Proteger fronteras para manipular mentiras para volverlas mitos es un acto vergonzoso y un asalto a la memoria de nuestros verdaderos libertadores, esos que han inspirado mitos históricos y que nos han motivado a tantos a ser mejores.