Sorpresas y traumas ocurren entre un 5 y un 20% del tiempo. Deben ser tan anticipados como las gripas y las tormentas. Vienen intempestuosa e inesperadamente, como los fenómenos telúricos. Sorpresas económicas son manejables pero no evitables. Lavarse las manos frecuentemente, reduce contagio bacterial, pero también reduce nuestras defensas naturales al contagio bacterial. No todo está perdido en sociedades aparentemente destruidas por la codicia desmedida de sus líderes: públicos o privados. Poder o dinero tienen la capacidad de descontrolar los impulsos humanos, y llevarlos a situaciones inestables y transformativas. Las crisis definen también la capacidad de una sociedad de organizarse para atacar los problemas del momento y mejorar las perspectivas del futuro.
La crisis mundial del momento no es una crisis de solvencia, excepto para algunos bancos cuya capitalización no alcanza para cubrir sus perdidas. La crisis que el mundo enfrenta no es una crisis de liquidez, aunque así se ha diagnosticado. Hay gran liquidez en el mundo entero. Las naciones exportadoras, las grandes compañías, los gobiernos, los fondos de pensiones, las instituciones multilaterales, todos – menos los consumidores norteamericanos que compraron casas más costosas de lo que podían costear – tienen excedentes de liquidez.
La crisis es simplemente una crisis de confianza. Los bancos sospechan de sus balances y de los de los demás, y no se prestan dinero los unos a los otros. El “multiplicador monetario”, esa tabla mágica que hace que las economías funcionen bien, con vasos comunicadores que como arterias humanas bombean el ritmo del corazón económico, se ha obstruido en un par de arterias grandes.
Ese es un problema pasajero. En uno o dos años recordaremos este periodo como un lección compleja que no entendemos completamente, pero que nos ha dejado más despiertos. El riesgo de una crisis, no es la crisis en si, es la reacción ante la crisis. Las leyes, regulaciones y dependencias malsanas que pueden generarse en el proceso de resolver nuestras incertidumbres.
Pero si la sociedad se organiza, convencida de la importancia de trabajar como una sociedad honesta, trabajadora y balanceada, la economía se recupera y seguimos adelante. Pero hay crisis más duraderas y destructivas, que acaban con las esperanzas y vidas de generaciones. Esas crisis vienen en sociedades donde no hay pluralidad y balance de poderes, en donde impera la corrupción de pocos – o muchos – y en donde el mérito individual y colectivo se castiga con burlas y desincentivos al mérito. Esas crisis no se superan en uno o dos años. La crisis financiera es pasajera.
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