Los gustos son tan variados como la naturaleza. No sólo varían de uno a otro, sino que cambian de dirección con el tiempo como barcos sin rumbo.
Los niños y las niñas lindas se vuelven narizones y orejudos a nuestros ojos aunque sigan embelezando a sus seres queridos. Esos novios y novias que torcían cuellos al pisar los 13 años en su caminar coqueto y desentendido, se vuelven sólo metas de atraco para bandoleros callejeros apenas pierden la primera lozanía. Las revistas de modas y las películas viejas son testigos excelentes de la infidelidad de los mortales. Si Rodolfo Valentino resucitara, no pasaría de ser un levantador callejero en Recoleta. Hasta el pobre Clark Gable no levantaría más que miradas científicas sorprendidas por resucitar después de tanto tiempo.
Personajes famosos y poderosos vienen y van. Hacen mucho daño cuando les da la gana, porque los dejamos que nos hagan daño. Cuando la historia continúa se vuelven parodias humanas, irrelevantes excepto por el hecho que los pobres estudiantes están forzados a recordar sus nombres y sus fechorías por razones obscuras de los sistemas de enseñanza.
La masculinidad ha sido sinónimo de poder, aún cuando el verdadero poder este escondido en las sutiles armas de persuasión de ciertas mujeres y hombres excepcionales. El poder de persuasión es más duradero que el autoritarismo, excepto que la persuasión es más fácil de eludir cuando la autoridad se enfrenta contra la sensatez, porque somos genéticamente cobardes. Nos da miedo, culillo, luchar por la verdad, la excelencia, la integridad, competencia y los desafíos de la inteligencia.
Los masculinos son muchas veces los menosculinos. Las mujeres más voluptuosas son muchas veces las más tímidas y cohibidas. Aquellos que escogen enamorarse de otro ser humano, cualquiera que sea su configuración genética, confunden a los demás, porque es más fácil y cómodo que todos estemos en simples tobos denominacionales. Masculino y menosculino es esa situación de miasmo en que nos encontramos inadvertidamente y frecuentemente, en la que no nos gusta donde estamos, no confrontamos nuestra realidad, pero tampoco hacemos mucho para cambiarla. Ni más ni menos los culinos se paralizan ante la impotencia del abuso y el atropello del que puede hacer algo bueno, decente y duradero, pero no lo hace. Y como mas y menos culinos, emitimos opiniones ciertas y orgullosos, aun cuando no tenemos derecho a hacerlos por falta de valor, fuerza e independencia de criterio. Vociferamos o callamos sin tener el valor comunal de enfrentarnos a las fuerzas arbitrarias de los poderosos. Todo, porque preferimos vivir un día más en paz que muchos días en lucha aunque la lucha sea la única fuente de la libertad. El oportunismo y la comodidad nos vuelven menosculinos.
martes 9 de septiembre de 2008
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