miércoles 13 de agosto de 2008

Cuando el río suena…

Los ríos y la democracia se parecen mucho. Un viejo dicho acierta que “cuando el río suena, piedras trae.” Yo no se si ese dicho se usa todavía, pero recuerdo a mi papá con la voz en suspenso y tono amenazante diciendo: “cuando el río suena!...” y la amenaza del juicio final y justiciero en la voz. Sin terminar la frase, con esas cuatro palabras se acababa la discusión y quien fuera el río quedaba aniquilado de por vida, con la reputación vuelta añicos y la vida social incierta. ¡Que injusticia!, me digo hoy. Cuando el río suena es porque tiene agua además de piedras; esta buscando su cause con gusto y expectativas, cometiendo y corrigiendo errores como todos los ríos y abriendo su cauce, dejando piedras en la orilla para futuros bañistas en el camino. Los sistemas totalitarios parecen ser un río tranquilo y callado, casi provoca embarcarse en ese río aunque sea para un paseito corto, sobre todo si alguien te ofrece una barca gratis o un yate lujoso y descarado. Las democracias, por el contrario, son ríos fuertes y caudalosos que transportan piedras y mucho más, y hacen tanta bulla que provoca tirarse de la pobre barca antes de que se hunda. A veces el mareo es tan grande que muchos se lanzan al agua desanimados por los estragos y la incertidumbre. Las democracias son ríos atrevidos y voluntariosos, con piedras de todos tamaños y hasta pirañas, pero también hermosas truchas y salmones. A las orillas del río poderoso de la democracia se balancean tanto monos y serpientes como Tarzán y sus concubinas. Las selvas se levantan hirsutas como los pelos en piernas adolescentes, avergonzadas de sus abundancias amazónicas, pero alimentadas por el agua caudalosa. Esos ríos dan miedo, pero no deben dar tanto miedo. Hay mucha vida en ellos y salen plantas y animales sanos y fuertes por su paso. Son ríos como el Orinoco con grandes y bellos deltas desparramados, y abiertos al paso de todo barco, y es tan rico el sedimento que con el tiempo se vuelve petróleo, si los dioses bendicen el río con oro negro. Pero son las barcazas que construimos para navegar por esos grandes ríos las que nos dan orgullo y desarrollan industrias. Turismo, astilleros, hotelería, fábricas de bikinis, pescaderías y puertos.

El Guaire, en cambio es un río callado porque no le queda agua. En una Caracas más inocente, me dicen que barcos y canoas cruzaban sus cauces y aceleraban por El Paraíso hasta llegar a la Vega. Niños y quinceañeros soñaban con sus destinos como capitanes inspirados en alcanzar tierra firme y controlar riquezas. Carrozas de flores con largos pitillos de paja chupaban y esparcían el agua bendita del Guaire sobre los celebrantes durante Martes de Carnaval. Que emocionante tener un Guaire bullicioso, aunque tuviera piedras y causara otros trastornos para los borrachitos perdidos en el pasar de la noche. Si yo fuera reina de Venezuela, mi primer decreto soberano sería hacer sonar todo los ríos con agua y piedras y empezaría por el Guaire. ¡Después tendríamos elecciones libres para ver quien gana el próximo reinado y todos celebraríamos con un desfile triunfal de barcazas desde Petare hasta La Vega!