Las mariposas son insectos muy especiales. Podrían ser pájaros, pero no lo son porque no ponen huevos con cáscara y porque al nacer se parecen más a los gusanos de queda que a las aves de paso. De crisálida pasan a ser alimañas marrones y lambuceas y de ahí se cristalizan en una lágrima alegre de la que sale finalmente divina y dinámica la bella mariposa. Como por arte de magia le salen alas milagrosas, de la noche a la mañana aprende a volar y se alimenta del néctar de las flores. A cambio de esa dulce miel van polinizando de uno a otro capullo sin que la flor se de cuenta de tanta promiscuidad. Si uno le da tiempo, cualquier gusano, me digo yo, ¡se puede convertir en mariposa! Pero hay que dejarlos crecer, alimentarlos, quererlos y cuidarlos, como a los seres humanos. Pero además hay que entender que las mariposas aprenden a cuidarse a si mismas.
Las mariposas vuelan mucho y viven poco. Pero en lo poco que viven dejan mucho de que hablar y amplias sonrisas en los labios de niños corretones y traviesos, que tratan de subyugarlas. No es posible ni deseable atrapar a las mariposas. El polvo de color que se posa en sus alas, se desprende negligentemente si uno se atreve a tocarlo. Como si no le importara pasar del ala limpia de la mariposa a la yema estriada, áspera y casi violenta de nuestros dedos. Igual que los seres humanos. También vivimos poco, apenas 70 a 80 años y muchos vivimos menos. Eso no es nada. Sin embargo, en los pocos años que vivimos tratamos con desden a mucho de lo que nos rodea, como si necesitáramos agarrar todo lo que podemos para vivir eternamente.
Podemos creer que a las mariposas no les importa nada más que andar de flor en flor y procrear gusanos transformistas. Como mucho hombre y mujer coqueta, levantando admiradores y poseídos de su capacidad de motivar obsesiones. Pero no es verdad. Las mariposas necesitan testigos tenues de su vuelo y de su libertad. Ellas también son humanas. Su vuelo no resultaría ni remotamente tan importante, si no supieran que las vemos embelezados por su dominio, cuando van haciendo piruetas y volteretas como trapecistas de circo.
Esa es la esencia de la libertad. Poder desplegar nuestros colores al aire, poder volar por los surcos de los céfiros como si de colinas invisibles se trataran. Poder reposar para gustar del néctar que nos legan las flores. Y porque no, poder seducir al vigilante que observa con deleite nuestro vuelo. El mundo se vuelve más productivo y alegre si dejamos que evolucionen las alimañas, se abran los cocuyos, y se libere el vuelo de las mariposas, y aprendamos a volar tentativamente con ellas. Contemplar alerta y respetuosamente el transcurso de la sobrevivencia y participación industriosas en ese proceso es lo más emocionante del salto libre del trapecista.
viernes 30 de mayo de 2008
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