lunes 19 de mayo de 2008

Adeste Fideles

Semanas atrás asistí a la emocionante misa del Papa Benedicto XVI en un estadio de béisbol transformado en catedral de grandes ligas. La magna misa vino con epístola, evangelio, y sentidas palabras de arrepentimiento por los pecados cometidos por párrocos poco cristianos y licenciosos. El mensaje Papal, estuvo cargado de esperanzadoras aperturas al espíritu de civilidad, piedad, santidad y universalidad. Realmente fueron momentos inolvidables hasta para los más ateos en la concurrencia. La grandeza del espectáculo, incluyendo el Panis Angelicus cantado devota y precisamente por el Tenor Placido Domingo, y la santidad del Papa Benedicto, trascendieron a la sospecha que el aparente retrazo intelectual e intransigencia de una figura tan tradicional y apegada a la ortodoxia, pudiera ahuyentar aun más a los feligreses. La aparente apatía de las autoridades católicas ante los derechos de igualdad de la mujer a ser ordenadas sacerdotes, o hacia el anacronismo del celibato, y otras maldades, en una época en donde se vive tan largo y es tan importante tener el balance de una familia real para mejorar las decisiones que tomamos, me hubiera llevado a pensar que el viaje del Papa no iba a tener tanto éxito. Me equivoqué. La visita del Papa Benedicto a los EEUU hizo mucho bien para las relaciones con los Latinos en el país, la reducción de casos de abuso sexual y pederasta, y la promoción de espiritualidad y humanidad entre los principios más duraderos y saludables del Cristianismo.

Observar al Papa me recordó también de una conversación que tuve con Fidel Castro 11 años atrás. Ocurrió un año o más antes de la exitosa visita del Papa Juan Pablo a La Habana. Pero mucho antes de eso, era yo una joven emocionable cuando bajó de las montañas guerrilleras el comandante Fidel Castro. Como para cualquier adolescente impresionable, la imagen de un guerrillero ofrecía el atractivo que tienen las páginas de Playboy a sus lectores anestesiados por la rutina de sus vidas.

El entusiasmo por los guerrilleros afortunadamente se me quitó cuando tuve que aprender a ganarme la vida en una forma sensata. Con el tiempo muchos de los guerrilleros murieron en batallas descabelladas y destructivas y otros perdieron su propio entusiasmo por la guerrilla. Sistemas políticos totalitaristas fallecieron en el camino, agobiados por la competencia y la creatividad de los ciudadanos de países libres, trabajadores, funcionales y abiertos al comercio internacional. Por eso, cuando me pude sentar a hablar con Fidel en La Habana – una conversación que duraría tres horas – tenía una legitima curiosidad de saber varias cosas: si todavía le gustaba su trabajo; si tenía una estrategia de retirada; si el entendía lo parecido que era su régimen al del Vaticano y cuando fue la última vez que había firmado un cheque.

Fidel me desarmó con sus respuestas. Si, estaba bastante fastidiado de su trabajo, se había vuelto repetitivo y relativamente inconsecuente. A pesar de lo aislado y desinformado de las frondosas oportunidades de re-inventarnos que nos da la vida democrática, o quizás por su mismo aislamiento, no había pensado en una estrategia de salida del poder. Yo le sugerí, que el Vaticano podría ser un sitio ideal para retirarse: buena comida, lindas italianas, y rodeado de un sistema político vitalicio y altamente dictatorial; se podría sentir en la compañía de un alma gemela. Fidel se río. Tiene un bien abierto sentido del humor, a pesar de su miopía política e intermitentes tropiezos. Admitió que no se le había ocurrido el paralelo de su gobierno con el sistema político del Vaticano. Opinó que los castigos de la iglesia le parecían inusualmente barbáricos. Infierno eterno por adulterio era un poco exagerado. Yo asentí. Purgatorio era suficiente por adulterio. De hecho allí es en donde residen, los adúlteros en vida, le dije. Les debe gustar. El cielo puede ser un poco monótono y traicionero. Nos puede hacer sentir demasiado seguros. Llegó a tanto nuestra comunión intelectual que pude convencerlo de la importancia de permitir que el Papa Juan Pablo visitará La Habana, sin que el saboteara los planes de visita con uno de sus exabruptos impulsivos, o sin que Raúl diera órdenes borrachas de dispararle a cualquier avioneta invasora sin preguntarle a nadie.

Un año o más después de nuestro distraído diálogo, el Papa llego a La Habana y Fidel lo recibió emocionado y amable. Yo veía orgullosa por televisión la inesperada, y hasta insólita hermandad, y pensaba atrevida e inmodestamente que a lo mejor, tal y como Forrest Gump, yo había tenido algo que ver con la apasionada recepción de Fidel al Papa. Ambos líderes vitalicios de dos sistemas totalitarios. Pero antes de que se me enardezcan algunos lectores – paciencia les pido, por favor – hasta allí llegaron mis comparaciones.

Ni la iglesia católica, ni el Vaticano cuentan con ejércitos. Perdieron el poder militar, a Díos gracias, hace varios siglos después de haberlo abusado a manos llenas. Lo perdieron después de la espantosas y criminales cruzadas. Hoy en día la iglesia no tiene tampoco el poder temporal de quemar a nadie en una estaca o acabar con la carrera literaria de grandes pensadores. Abusaron de ese poder también en la Edad Media. Se abolió la Inquisición apenas en el Siglo XIX. Jerónimo Castillón y Salas fue el último de los inquisidores. Otros gobiernos totalitarios si tienen todavía poder militar y el poder de destruir la integridad física, emocional, y espiritual del que se les atraviese en el camino. La Cuba de Fidel es uno de ellos. Lamentablemente hay muchos más en ese tobo.

Concluyo entonces que a cualquier organización o persona de género totalitario, hay que quitarle las armas o cortarles el mandato. Poder absoluto corrompe absolutamente. Ni Fidel ni el Papa son una excepción a la regla. Ni lo son tantos otros líderes incompetentes y alzados.


P.D. Con respecto al cheque, Fidel me dijo que el último que había firmado era cuando aún era abogado, antes de irse al monte. Para que sintiera el placer de firmar un cheque, le dí un papel y le sugerí firmar uno por $100 mil millones para pagar las deudas establecidas por el decreto Helms-Burton. Me firmó el cheque con gran placer y buena voluntad. Lo tengo en mi biblioteca para recordarme que Fidel es fiel a sus creenci
as porque siempre le ha convenido serlo. No sabe de lo que se perdió en no irse a vivir al Vaticano, pero La Habana tiene mejor clima y las mujeres también son muy lindas.

El Último Cheque de Fidel