Uno de mis mejores amigos nunca se lució en el colegio, ni en la facultad, ni en el mundo de los negocios, pero siempre le ha ido bien en la vida. Nunca trabajó mucho, disfrutaba de largos almuerzos, que si de trabajo, que terminaban tranquilamente en siestas en lugares recónditos y compañías inciertas. Siempre simpático, a el Corcho no le molestaban ni las olas ni las mareas. El Corcho flotaba plácidamente. Se anclaba en la arena de tanto en tanto, hasta que una ola lo levantaba de su abandono y lo devolvía al mar. El Corcho no era un Diente Roto tampoco. Diente Roto no hablaba, sólo observaba mientras se limaba con la lengua el diente irregular y afilado. El Corcho hablaba siempre muy elocuente y bien. Siempre estaba bien informado. Hubiera podido ser presentador exitoso en la tele. Su gran talento era estar bien con Dios, con el Diablo y con el gobierno en turno. El Corcho, flotaba en donde lo pusieran, no importa cuan grandes eran las olas o fuerte la resaca.
Fue Presidente de varias compañías, ministro y casi candidato a la presidencia del país, pero se retiró de la campaña porque ser candidato presidencial es más duro que ser minero en Sur África. El Corcho no era ni bueno ni malo y lo invitaban a todas partes. Las mujeres lo querían casta y apasionadamente. Tanto mozas jóvenes como damas de la sociedad, recatadas pero aventureras, lo acompañaban en sus siestas de tanto en tanto. El Corcho flotaba elegantemente sin hacer nada y cada cierto tiempo alguien lo rescataba para tapar un hueco. Lo usaban para ocupar algún cargo importante donde nunca causara estragos a nadie.
Mi amigo El Corcho, ya arrugado, panzudo y sesentón, todavía anda por allí flotando y flirteando, y todavía levanta mujeres licensiosas y virtuosas atraídas por su liviandad y bonomía. Pero también levanta a hombres y mujeres ejecutivas y hasta presidentas de países como Argentina y Alemania que lo necesitan para tapar huecos institucionales con alguien que no haga olas y más bien flote con ellas. Siempre elegante. Alguno de estos días hay un cambio político rápido en cualquier país anárquico y termina de Presidente en el gobierno de transición. Allí, tranquilo, sin mucho esfuerzo, y después entregara el poder sin problemas y seguirá flotando. Mi amigo El Corcho es un hombre admirable por su absoluta inconsecuencia e inocuidad, y porque de tirano no tiene nada.
Muchos de nosotros si volviéramos a nacer, escogeríamos la carrera de Corcho. Ser Corcho parece tan admirable como nos hubiera parecido inconcebible en cada coyuntura de la vida hacendosa pero ajetreada que escogimos. Esa carrera de Corcho nos hubiera llenado de satisfacciones y reducido todo tipo de angustias. El Corcho es un hombre acomodado y contento, a pesar de las dificultades que padecen tantos otros. Yo estoy segura que todos los que lean estas líneas son amigos del Corcho y hasta le tienen cariño. La vida es compasiva con los Corchos hasta en épocas violentas y aunque cuando esa compasión les queda grande por lo chico de sus logros.
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